“En época de cambio, estamos con el Señor y Él nos va llevando de la mano”

El rector del Seminario Conciliar “San Pelagio” de Córdoba es uno de los más jóvenes de España. Con ocho años ya quería ser sacerdote y ante el Sagrario le preguntaba a Jesús si quería ser su amigo. Cada día se ha visto desbordado por el amor de Dios por aquella petición

Nombrado por el Obispo de Córdoba el 18 de junio de 2022 como rector, Carlos Jesús Gallardo fue ordenado sacerdote el 13 de marzo de 2010 y es director del Centro diocesano San Juan de Ávila, profesor del Instituto de Estudios Teológicos San Pelagio y del Instituto de Ciencias Religiosas “Beata Victoria Díez”. Es miembro del Consejo Presbiteral y de Consultores. Ha sido director espiritual del Seminario y el miembro más joven del Cabildo Catedral de Córdoba.

Su vida es para el Seminario desde que con 13 años llegó al Menor. En torno al 19 de marzo, día del Seminario, tomamos el pulso a este lugar lleno de luz, entusiasmo y oración por los 32 jóvenes que quieren ser sacerdotes.

¿Cómo celebra el Seminario “San Pelagio” de Córdoba el Día del Seminario? ¿Cómo se está desarrollando la campaña en torno al 19 de marzo, fiesta de San José?

El mes de marzo para el Seminario siempre es un mes vocacional y un mes de alegría, de entusiasmo y también de trabajo. Es un mes en el que el Seminario abre sus puertas para, no solamente recibir a los grupos que van viniendo de jóvenes, sino también porque los seminaristas se reparten por los pueblos de la Diócesis. Van a los colegios, a los centros de estudios, a las catequesis, a todas las parroquias, evidentemente, para hablar del Seminario, para expresar su vocación, compartir con el pueblo de Dios que son llamados por el Señor y que hacen falta sacerdotes y piden la ayuda espiritual, el acompañamiento de la comunidad, la atención económica, etc. Pero fundamentalmente para los seminaristas es un momento de alegría, de compartir con los sacerdotes, con la gente, con los pueblos que ellos van a atender dentro de poco.

A pesar de su juventud, ha visto cambiar el perfil del seminarista en estos últimos años. Usted dice que ante todo hay que conocer nuestra cultura. ¿Esa cultura basada en la tecnología ha hecho también cambiar el perfil del seminarista?

El joven que entra al Seminario o pide acceder al Seminario es fruto de la cultura actual. Creo que es muy importante que conozcamos la cultura en la que vivimos y lo que está pasando en nuestra sociedad y cómo influyen las cosas en nosotros. Por ejemplo, hace unos años, cuando ni el teléfono móvil ni Internet eran tan frecuente, se fomentaban mucho más las relaciones sociales o las relaciones humanas. Hoy en día, notamos que las relaciones humanas están más empobrecidas. Ahora Whatsapp, Facebook u otros medios de comunicación social se fomentan mucho más que el trato humano. Esto también afecta a los candidatos al sacerdocio. Tenemos que estar preparados y dispuestos para aprovechar lo bueno que tiene la cultura en la que vivimos, que no todo es malo ni mucho menos, y fomentar lo bueno que tiene y prevenirnos de los peligros que nos podemos encontrar. Y creo que eso también es fundamental para los seminaristas, para los que entran al Seminario. Tenemos que prepararlos a todos los niveles, para salir a la calle, al pueblo de Dios, a atender a la gente. Es muy importante no despreciar de primeras lo que la cultura nos ofrece, pero sí pasarla por el tapiz del Evangelio y darle un orden a lo que pasa. Creo que esa es la tarea del sacerdote, hacer comprender. El candidato que acude al Seminario hoy es fruto de su tiempo y de ahí hay que purificar lo que no es bueno del tiempo y fomentar lo que sí hay de bueno.

San Juan de Ávila decía a los candidatos al sacerdocio que ninguno se ordene sin tener experiencia de que Dios les oye. ¿Cómo se acompaña a los seminaristas hoy?¿Qué papel tienen sus formadores? 

El Seminario tiene la dimensión humana y la dimensión espiritual trabajando al mismo tiempo. La dirección espiritual descansa en los directores espirituales del Seminario “San Pelagio”. Ellos se encargan sobre todo de la formación espiritual con la confesión frecuente, las pláticas, los retiros o los ejercicios espirituales, pero al mismo tiempo se hace con la formación humana, porque las personas somos uno, no podemos distinguirnos o separarnos.

Es decir, cuando tienen un problema entre ellos de convivencia, se tiene que tratar a nivel humano, pero también a nivel espiritual. Y cuando se habla de oración, también se trata a nivel espiritual, pero también a nivel humano, porque hay una unidad de vida, y ese es el trabajo del Seminario, crear una unidad de vida: que la persona no viva en pantallas, con pantallas varias abiertas. Tenemos el ordenador, abrimos, y somos capaces de abrir muchas pantallas al mismo tiempo. A veces puede llegar a pasar en la vida cotidiana, en la vida interior de una persona; se diría que abre muchas pantallas al mismo tiempo, una para el trabajo, otra para la relación con Dios, otra para la familia, otra para las relaciones sociales y eso es verdad que son ámbitos distintos, pero se dan en un mismo sujeto. Entonces la clave del Seminario es intentar integrar todas las cosas, integrar a la persona para que haya una unidad de vida. Y lo que da esa unidad de vida es el amor a Jesucristo.

Propone la oración por encima de todas las cosas, ¿qué tiene nuestra Iglesia particular, que no siempre asume la oración por los seminaristas, la oración por los sacerdotes?

El Papa ha convocado este año un año de la oración e implica a la Iglesia constantemente, le invita a la oración. Francisco habla de la oración y la Iglesia constantemente nos habla de la oración. Creo que todos, la Iglesia entera y también los sacerdotes, estamos convencidos racionalmente de esta necesidad y también, por supuesto, por experiencia. Pero tenemos el peligro de hablar de la oración, pero hacer poca oración. Es un gran peligro para todos. Cuando rezamos vísperas en el responsorio breve del Común de Pastores se dice que el sacerdote es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo: esa es la misión fundamental del sacerdote. Por eso, en el Seminario también se quiere enseñar casi por contacto, por osmosis y a través de la vida cotidiana. La oración es esa íntima comunicación con Dios. Dentro de lo que tengo que hacer está mi vida con el Señor, mi vida en mi relación de intimidad y luego también, por supuesto, lo que alimenta mi tarea pastoral. Eso por un lado, pero por otro, también tenemos que despertar en todo el pueblo fiel y en todos nosotros la necesidad de pedir al Señor que mande obreros a su míes. Es decir, que necesitamos rezar por las vocaciones por todas las vocaciones, la vida religiosa, la vida misionera, el matrimonio y también el sacerdocio. Creo que la vida de oración es clave en la vida de la Iglesia, y tenemos que comprender que todo viene de la oración. Eso no significa que no trabajemos, eso no significa que no tengamos que hacer cosas, pero tenemos que hacerlas en Dios, y para hacerlas en Dios necesitamos vivir de la oración.

Ustedes son gente muy alegre, hay que entrar al Seminario para darse cuenta de esa alegría que desprenden en el trato. Sin entusiasmo, además, no hay contagio. ¿Cómo es esa alegría del seminarista cuando tiene al Señor?

Yo doy muchas gracias a Dios por eso, porque creo que es fundamental. Hace tiempo un sacerdote ya anciano me decía: “si pierdes la sonrisa, se hunde el Seminario”. Y es cierto, creo que la alegría es fundamental y es fruto de la vida espiritual. No significa que no haya problemas o dificultades o contradicción, pues las hay en todas las vidas, también las hay en el Seminario. Pero, está el Señor. Y si está el Señor, Él llena de alegría a todos los demás, porque si Él está en el centro, todos los demás tienen que girar en torno a Él, no al contrario. Y en el Seminario se intenta fomentar la alegría, pero que nace de forma natural, en el contacto diario entre nosotros. Benedicto XVI repitió una frase que el Papa Francisco también pronuncia muchas veces: “La iglesia no crece por proselitismo, la iglesia crece por atracción”. Esa es la clave, la alegría es la atracción, no a la alegría superficial, no la alegría externa, es la alegría del que está con el Señor y eso se contagia sin darte cuenta, que es lo mejor.

¿A qué renuncia un seminarista?

Creo que si la vida de un religioso, de un sacerdote, se entendiera completamente por el mundo, no sería vida evangélica. La vida evangélica no se entiende, de primeras. Se va  entendiendo en el contacto con el Señor. Creo que si nuestra vida fuera todo demasiado entendible, no sería vida de Dios, no sería vida evangélica, porque el mundo tiene sus criterios y un sacerdote no debe de vivir por los criterios del mundo. Vive en el mundo, sí, y tiene que estar con el que sufre, tiene que estar con el enfermo, tiene que estar con el que se alegra. Y por eso, en una parroquia pasa de todo. Tienes un matrimonio y al día siguiente tienes un entierro y a la misma tarde tienes un enfermo que visitas y al niño de catequesis.

Creo que eso es fundamental, el cura tiene que estar en todo, pero al mismo tiempo tiene que estar con el sabor de Dios. Es lo que hace que se empiece a entender la vida del sacerdote. Se empieza a entender cuando se entra en la fe, cuando se vive de la fe. Si no se vive de la fe, no se entiende. Hoy en día, en muchos ámbitos del mundo, sigue la cuestión de la discusión con el celibato y otras cuestiones que se abren, que se discuten. Nuestra misión es ser Cristo, es vivir la vida de Cristo, vivir con Él. Y entonces, cuando uno entra en Cristo, empezará a entender la vida, pero sin Él no se entiende. Por eso, nuestra vida no puede ser entendida por lo mundano, por el mundo. Si es así, deja de ser evangélica. El Evangelio se va entendiendo cuando se entra en contacto con el Señor. Creo que una de las cosas importantes es que la vida del cura suscita curiosidad. Y eso sí me parece que es importante. Eso hace, precisamente, que nuestra vida sea del Señor.

Recientemente la diócesis de Córdoba ha lanzado el audiolibro de la obra cumbre de San Juan de Ávila, Audi filia, sobre la versión en español contemporáneo realizada por el sacerdote Pablo Cervera. La vigencia de San Juan de Ávila es innegable. En época de cambios, ¿es conveniente seguir mirándolo?

Sí. San Juan de Ávila es un referente para toda la Iglesia Universal, es el Doctor de la Iglesia, para toda la Iglesia Universal, pero especialmente para los sacerdotes, es patrono del clero español. Sus obras siguen teniendo mucha vigencia, aunque tengan un lenguaje y un contexto del siglo XVI. Cuando uno escarba un poco, no es tan distinta su época a la nuestra. Él vivió un cambio de época, nosotros también lo estamos viviendo. Él vivió unos momentos difíciles en la vida de la Iglesia, nosotros también lo podemos tener. Él vivió un cambio difícil en la cultura de su momento, nosotros también. Y su alternativa era siempre mirar a Jesucristo, poner a Cristo en el centro. Es un sacerdote completo que trabajó la unidad de vida. De hecho, en sus cartas se encuentra constantemente cómo alimenta el amor a Jesucristo como punto central, como unidad de vida. Cuando leemos algo escrito al sacerdote de parte de San Juan de Ávila, encontramos ahí consejos, orientaciones prácticas y reales para el sacerdote de hoy. Y creo que es fundamental. Su libro Audi Filia, su obra cumbre, está impregnada del sufrimiento con la que fue escrita, está escrito en la persecución, pero está escrito en el amor a Jesucristo y en querer llevar las almas a Dios. Y aunque, ya digo, su lenguaje puede ser un poco difícil al principio por la época en la que vive, sin embargo, el contenido sigue siendo muy actual para nosotros. Creo que tener a San Juan de Ávila como maestro y como referente y amigo, orienta la vida del sacerdote y de cualquier cristiano, porque cualquier consejo que encontramos de él nos lleva siempre a ese amor apasionado por Jesucristo, a dar la vida por las almas que Dios nos encomienda, a dar la vida por la Iglesia. San Juan de Ávila entusiasma, porque cuando uno lo lee y se acerca a él, encuentra un sacerdote referente y modelo que nos lleva al Señor.

Y una última reflexión, don Carlos, ¿dónde nos llevará la Iglesia en este tiempo de cambio?

Pues nos va a llevar al Señor. La Iglesia nos va a llevar siempre a Jesucristo, nos va a llevar al Señor, porque el Papa precisamente en cada escrito lo pide. En época de cambio, estamos con el Señor y Él nos va llevando de la mano. Creo que tener excesivas seguridades nos hace confiar demasiado nosotros mismos. Sin embargo, no saber bien lo que puede pasar nos lleva a mirar más al Señor y saber que nuestra única seguridad es Él. Creo que este es el camino para nosotros: amar mucho a la Iglesia, amar al mundo que Dios nos pone en nuestras manos, pero sobre todo mirándolo como lo mira Jesucristo.

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