¿Quién es mi prójimo?

Jesús nos propone este domingo XV de tiempo ordinario la parábola del buen samaritano, a propósito de una pregunta que le hicieron sus contemporáneos y que nosotros mismos nos hacemos muchas veces. Quién es mi prójimo, de quién me tengo que ocupar, a quién tengo que atender.

La respuesta es muy sencilla: tu prójimo es aquel a quien tú, movido por la caridad de Cristo, te acercas. Prójimo no es porque él está cerca de ti, sino porque tú te acercas a él. Y hoy, en esta aldea global en la que vivimos, uno puede acercarse al otro de mil maneras. Hoy no nos es lejana el hambre del Sahel, ni los que pasan todo tipo de calamidades por la guerra de Ucrania o de Nigeria, o las inundaciones de Bangladesh y las desgracias de Haití. Y las necesidades de tantas personas que viven a la puerta de al lado. Las noticias nos ponen delante de los ojos todos los días y a todas horas situaciones límite, de extrema gravedad, a las que quizá nos hemos acostumbrado y no reaccionamos como el buen samaritano.

Jesús tipifica con gran pedagogía distintas maneras de reaccionar ante las necesidades de los demás. Hay quienes no ven lo que ocurre, porque miran a otro lado. Hay quienes viéndolo, pasan de largo. Y hay quienes miran, ven, se compadecen y actúan en consecuencia.

Ciertamente no estamos llamados a remediar todos los males del mundo. Cuando pensamos así, nos agobiamos, porque no somos omnipotentes. Omnipotente sólo es Dios. Los males del mundo, particularmente los males de las personas, se nos presentan a los ojos para provocar nuestra caridad, y dar lo mejor de nosotros mismos. Los males cercanos o lejanos a los que nos acercamos son una provocación a nuestra manera de vivir, a nuestra manera de usar los bienes de este mundo, a nuestra comodidad y egoísmo.

Con toda humildad, nos acercamos al que sufre por cualquier causa, y podemos aliviarle su sufrimiento. Aligerando su peso porque cargamos nosotros con parte de ese peso, de manera que al compartirlo se hace más ligero, dándole el sentido redentor que en Cristo tal sufrimiento adquiere, y, cuando el sufrimiento procede de la injusticia humana, luchando para que erradicar las causas que lo provocan.

El buen samaritano se abajó de su cabalgadura, se interesó por aquel hombre apaleado, despojado y dejado en la cuneta de la vida, sanó sus heridas con aceite y vino, lo tomó sobre sus hombros para cargarlo en su cabalgadura y lo llevó a la posada, saliendo fiador del precio de su estancia allí.

Esta parábola es un autorretrato del mismo Jesús y de su obra redentora. Jesús se ha abajado hasta nosotros, incluso despojándose de su rango, y lo ha hecho por amor a cada uno de nosotros. En nosotros no ha visto especiales cualidades ni ningún provecho para él. Se ha acercado a nosotros por puro amor suyo y se ha mojado en atendernos, cuando estábamos desahuciados y sin ninguna solución. Nos ha sanado con los sacramentos, ha cargado sobre sí el peso de nuestros males (culpables o inculpables) y nos ha llevado a la posada, que es la comunidad cristiana, la Iglesia.

“Anda y haz tú lo mismo”, termina diciéndonos Jesús. La actitud cristiana, la actitud que Jesús quiere prolongar en nuestra vida es esa. Acercarse al que sufre, porque es nuestro prójimo, compartir sus sufrimientos, abandonando nuestra vida cómoda, ofrecerle lo que esté a nuestro alcance, que es muchísimo aunque no seamos omnipotentes, e incorporarlo a la comunidad eclesial, donde sea acogido y amado para seguir su camino de rehabilitación.

Hoy se nos pide una Iglesia samaritana, capaz de detectar con sensibilidad evangélica las necesidades de nuestros hermanos y salir al encuentro de ellos con las actitudes de Jesús, el buen samaritano.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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