El buen pastor da la vida. Hermana Juanita, San Juan de Ávila

El cuarto domingo de Pascua es el domingo del Buen Pastor. Se nos presenta ante nuestros ojos esa imagen bucólica del pastor con la oveja sobre los hombros. Era una imagen tomada del paganismo, pero inmediatamente vino a significar a Jesucristo el buen pastor que busca la oveja perdida y la carga acariciándola sobre sus hombros. Se convirtió así en una de las imágenes más atrayentes y más universales de Jesús, el buen pastor que da la vida por sus ovejas

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen y yo les doy la vida eterna… Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre”, exclama Jesús en el evangelio de este domingo. Esta imagen del buen pastor sugiere un amor sin medida por parte de Jesús, el amor que está radicado en el Padre y anida en su corazón humano. Con ese amor, Jesús proclama que nadie le arrebatará de sus manos a cada una de sus ovejas. Pertenecer al rebaño de Jesús es garantía de salvación eterna.

En este contexto del Buen Pastor, celebramos la Jornada Mundial de oración por las Vocaciones, instituida por san Pablo VI, cuando ya se hacía necesaria la oración ante la escasez de vocaciones. “La mies es abundante, los obreros pocos”, constataba Jesús para animarnos a pedir al Dueño de la mies que envíe manos y trabajadores a su mies. De eso se trata. Toda vocación es llamada de Dios, y especialmente la vocación consagrada y sacerdotal es un don especialísimo de Dios a su Pueblo. A esa Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones se ha unido la oración por las Vocaciones Nativas, para que surjan vocaciones allí donde la Iglesia está implantándose.

El lema de esta Jornada reza así este año: “Deja tu huella, sé testigo”, invitando a los jóvenes que den un paso al frente y dejen su huella por medio del testimonio de su vida. La oración por las vocaciones nos brinda la ocasión para agradecer a Dios estas vocaciones de especial consagración, religiosa o sacerdotal, que ahora son más escasas aún en nuestro entorno. Y es ocasión para pedir nuevas vocaciones, porque los jóvenes de hoy sienten esa misma llamada y su generación tiene necesidad de tales vocaciones. Muchos de los que sienten esa llamada se hacen los sordos, no se atreven a responder. Quizá las infidelidades de unos y de otros, quizá el ambiente pagano que se extiende como una mancha de aceite, pero incluso los jóvenes que son llamados no se atreven a dar un paso al frente. Oremos por las vocaciones, por todas las vocaciones de especial consagración, porque son necesarias en la vida de la Iglesia.

Tenemos testimonios muy elocuentes, que han dejado huella profunda en la historia de la Iglesia. Uno muy reciente es el de la Hna Juana Méndez Romero (1937-1990), Hermana Juanita, a quien el Papa Francisco ha declarado Venerable, al reconocer sus virtudes heroicas. Damos gracias a Dios por ello en la Catedral de Córdoba este domingo. Esta joven ingresó en 1963 en las Obreras del Corazón de Jesús, que Madre María Jesús Herruzo y el P. Castro, jesuita, habían fundado en 1940. Se identificó con el Corazón de Jesús como una ofrenda agradable por la Iglesia y por la salvación del mundo entero. Fue verdadera misionera desde su postración en la cama durante 40 años. Ella nos enseña que para amar no es obstáculo la enfermedad, la invalidez, la inutilidad. Al contrario, en su vida resplandecen todas las virtudes cristianas precisamente en medio de tales limitaciones. En mi debilidad, tú me haces fuerte… Te basta mi gracia.

Y otro gran testigo, que ha dejado huella profunda en la historia es san Juan de Ávila (1500-1569), sacerdote y doctor de la Iglesia, cuya fiesta celebramos el 10 de mayo. Nos reuniremos en Montilla, junto a su sepulcro para recibir su influjo que nos impulse a la santidad.

Oremos por las vocaciones, con estos y tantos intercesores que han respondido generosamente a la llamada.

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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