Domingo de la Palabra de Dios. “Os anunciamos lo que hemos visto” (1Jn 1,3)

El tercer domingo del tiempo ordinario ha sido instituido por el Papa Francisco como Domingo de la Palabra de Dios dedicado a celebrar, reflexionar y divulgar la Palabra de Dios. Lo instituyó el 30 de septiembre de 2019 –en la fiesta de san Jerónimo- con la Carta Apostólica Aperuit illis (y les abrió los ojos). En este documento pontificio se recoge la fundamentación del valor de la Palaba de Dios y se explica el porqué de este domingo.

En el último siglo los estudios bíblicos han progresado notablemente y el Concilio Vaticano II ha dedicado uno de sus documentos fundamentales a la Palabra de Dios, la Constitución Dei Verbum, impulsando en la Iglesia una estima cada vez más profunda por la Sagrada Escritura, en la cual Dios habla directamente a su Pueblo hoy. Es muy frecuente en parroquias, en grupos y en comunidades leer y escrutar la Palabra de Dios, rezar con los salmos y cánticos del Antiguo y Nuevo Testamento, dialogar en torno a esa Palabra proclamada para llevarla a la práctica en nuestra vida. De manera que puede decirse que nuestro tiempo ha conocido un despertar bíblico impresionante, poniendo al alcance de todos la Biblia en sus distintas ediciones: salterio, evangelio de cada día, etc.

Con este domingo de la Palabra se pretende entronizar la Palabra de Dios en medio de la asamblea litúrgica, explicitando su conexión con la Eucaristía donde la Palabra hecha carne está viva en el Pan eucarístico y en la Sangre ofrecida. Procuremos hacer visible esta conexión. La Palabra resuena en la asamblea no como un texto antiguo que tiene bellos contenidos, no. La Palabra es proclamada en la asamblea porque a través de ella Dios habla directamente con su Pueblo hoy.

Este domingo quiere evocar a aquel primer domingo de la historia en el que Jesús se hizo el encontradizo con los discípulos de Emaús y les fue explicando las Escrituras hasta la fracción del pan. Les abrió los ojos y ellos pudieron entender por medio de las Escrituras explicadas por el Maestro que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Y a la luz de esas Escrituras pudieron entender el sentido de sus vidas iluminadas por la resurrección de Jesucristo. Esa luz potente de las Escrituras sigue encendida, acerquémonos a ella para dejarnos iluminar y para leer nuestras vidas con la luz de Dios.

Va extendiéndose la costumbre de tener a mano en edición de bolsillo el Evangelio de cada día, para poder dedicarle unos minutos de reflexión cada día. Es frecuente comenzar nuestras reuniones, incluso las reuniones familiares, con la lectura de un breve texto de la Escritura. Los salmos van entrando en la memoria y en el corazón, más todavía cuando son en lengua vernácula y expresan todos los sentimientos de las múltiples situaciones humanas. Por ejemplo, el salmo responsorial después de la primera lectura se convierte en jaculatoria para todo el día, especialmente los domingos. Hay quienes tienen la costumbre de abrir al azar una página de su Biblia para ver qué me dice Dios en este momento. Es frecuente en las parroquias preparar la liturgia del domingo siguiente leyendo y compartiendo las lecturas bíblicas de la Misa. En fin, multitud de iniciativas que ponen en valor la Palabra de Dios, porque hacen que esa Palabra no se oiga para después olvidarla inmediatamente, sino que hacen que la Palabra entre en el corazón y vaya transformando la vida.

Es lo que pretende este domingo de la Palabra de Dios, una jornada en la que nos detenemos ante la Palabra de Dios para venerarla, escucharla con más atención, y dejar que cale el corazón para transformar nuestra vida en aquello que anuncia.

Dios continúa hablándonos hoy, Jesucristo sigue explicándonos las Escrituras, el Espíritu Santo nos hace entender lo escrito con el mismo espíritu con que fe escrito. Habla Señor, que tu siervo escucha, para que podamos anunciar a los demás lo que hemos visto y oído.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba.

 

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