Caminando juntos

XXVI Jornada Mundial de la Vida consagrada

El 2 de febrero es la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo en brazos de su madre María, acompañados por san José. Se cumplen los cuarenta días del nacimiento del Niño y lo llevan al Templo para ofrecerlo al Señor y rescatarlo mediante la ofrenda de un par de pichones, la ofrenda que podía hacer un pobre. Es la fiesta de Jesús, luz de las gentes. Es la fiesta de María, la candelaria, la que porta a Jesús al presentarlo en el Templo.

Todo rebosa alegría en esta escena evangélica: el anciano Simeón, al tomar el niño en sus brazos, cantó: “Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu salvador”. La anciana Ana hablaba a todo el mundo de las bondades de este niño. Pero ya se anuncia que será como signo de contradicción, y una espada traspasará el alma de María. La alegría de la salvación vendrá por el camino de la cruz.

En esta fiesta tan bonita, la Iglesia celebra la Jornada mundial de la vida consagrada. Este año en su 26ª edición. Esta Jornada viene a recordarnos que la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia, para recordarnos continuamente el seguimiento radical de Cristo obediente, virgen y pobre. Esa consagración a Dios de toda la existencia para servir a los demás es un reclamo continuo para todo el santo Pueblo de Dios a vivir en santidad. Todos estamos llamados a la santidad, los consagrados nos lo recuerdan continuamente con su vida.

Es esencial a la vida consagrada la vivencia de la virginidad o la perfecta castidad, por la que Jesucristo es el tesoro del corazón humano, correspondiendo con amor al amor esponsal de Jesús. Vivir con Jesús y para Jesús, sirviéndolo en los pobres, los pequeños, los necesitados lleva consigo el testimonio comunitario de obediencia a la voluntad de Dios, expresada en el superior, y de pobreza radical, que va despojando al a persona de todo lo que no sea Dios.

La vida consagrada es necesaria en la Iglesia como una profecía evangélica de los valores del Reino, como una invitación constante a vivir la santidad, cada uno en su estado. La vida consagrada, en sus múltiples formas y carismas, embellece a la Iglesia como esposa fiel engalanada por su esposo, Cristo.

Este año se ha tomado el lema “Caminando juntos”, aludiendo claramente al camino sinodal que toda la Iglesia está recorriendo, y en el que la vida consagrada tiene el papel de impulsar a toda la comunidad. La vida consagrada no es un islote en el panorama eclesial, sino que vive inserta en las parroquias y en las diócesis, edificando la Iglesia junto a los demás miembros del Pueblo de Dios. La sinodalidad a la que nos impulsa el Espíritu en este tiempo consiste en caminar juntos con los demás, dando y recibiendo de ellos y sintiéndose miembro activo en este cuerpo.

Los monjes y las monjas, dedicados a la vida contemplativa, los religiosos y religiosas de tan variados carismas, en el campo de la enseñanza, de la atención a los ancianos y a los pobres, de la catequesis y la vida parroquial, los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, las vírgenes consagradas y los ermitaños. Cada uno de ellos tiene un lugar en la Iglesia y todos juntos son un testimonio elocuente del seguimiento de Cristo. La Jornada sirva para dar gracias a Dios por esta presencia activa y testimonial, y para pedir al mismo tiempo por los jóvenes que se sienten llamados en ese abanico de carismas para entregar su vida entera a Dios y al servicio de los hombres. La vida consagrada es necesaria para la Iglesia y para nuestro mundo. Consideremos como algo nuestro este campo de la Iglesia y oremos especialmente en estos días por las vocaciones a la vida consagrada en sus múltiples formas.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba.

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