“Amó más que padeció” (s. Juan de Ávila)

Se cercan los días santos de la pasión, muerte y resurrección de nuestro señor Jesucristo. Todo está preparado, todo está a punto en el aspecto externo. Las sagradas imágenes están en sus pasos a falta del exorno floral de última hora, las túnicas y los capuchones están dispuestos, las bandas de música han dado los últimos toques de ensayo. Hasta los palcos están montados en la carrera oficial para asistir al gran espectáculo de cada una de las procesiones

La ciudad entera se ha puesto en modo Semana Santa, y en la Catedral está todo dispuesto para acoger con solemnidad cada una de las celebraciones litúrgicas y recibir a cada una de las Hermandades que hacen el recorrido oficial y su estación de penitencia en el Templo mayor de la diócesis.

Vayamos a lo interior del corazón. El Domingo de Ramos acompañamos a Jesús que entra en Jerusalén montado en la borriquita. Viene el rey de la gloria, el señor de los señores, y son los niños y los jóvenes quienes le aclaman con cantos, portando ramos y palmas en sus manos: ¡Viva el Rey de Israel, hosanna! Jesús nos da una profunda lección de humildad. No entra en la ciudad santa a lomos de grandes caballos para conquistarla por la fuerza, sino a lomos de una borriquita para conquistarnos por el amor. Y deja que lo aclamen, cuando tantas veces había mandado que callaran. Entra a pecho descubierto y abiertamente, sabiendo lo que se le viene encima. Salgamos a su encuentro abiertamente, portando los ramos de la victoria, confesando públicamente nuestra fe en el que viene a salvarnos.

El martes santo celebramos la Misa Crismal. Todos los sacerdotes de la diócesis se reúnen con el obispo para consagrar el santo crisma, que repartirá el Espíritu Santo para ungir a toda la diócesis a lo largo del año en el bautismo, la confirmación, la ordenación sacerdotal y la consagración de los altares y objetos sagrados. Los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales, anticipando aquí la institución del sacerdocio ministerial, que el jueves santo celebraremos cuando es instituida la Eucaristía.

Y llegamos al Triduo pascual: Jueves santo, con la celebración anual de aquella institución de la Eucaristía de la que vivimos todo el año, en celebraciones diarias y dominicales, con el mandato del amor fraterno, representado en el lavatorio de los pies, y con la adoración eucarística en el Monumento.

El Viernes santo, día de ayuno y abstinencia, celebramos la pasión y muerte del Señor, levantando la Cruz, de la que cuelga la salvación del mundo: Cristo. Volvemos a contemplar el amor más grande que se oculta en este corazón traspasado por nuestros pecados, y del que brota abundante la misericordia y el perdón para todos. Sentimos la vergüenza de haberle llevado entre todos al patíbulo, y sentimos un amor más grande que todos los padecimientos sufridos. Queremos sufrir con Cristo sufriente, reparar nuestros pecados y los del mundo entero, mirar con esperanza el futuro que ha quedado abierto por este amor más grande.

Sábado Santo, día de silencio junto al sepulcro y de espera. María llena este día y concentra toda la esperanza de la humanidad, porque la muerte no es la última parada. Ella espera y nos ayuda esperar la resurrección de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que es fuente de vida nueva para toda la humanidad.

Domingo de Resurrección, en el que celebramos la victoria sobre la muerte, sobre el pecado y sobre Satanás. Cristo ha inaugurado una vida nueva, más allá de la muerte y nos hace partícipes de su victoria, aleluya.

Entremos en la Semana Santa por dentro, sintonicemos nuestro corazón con el Corazón de Cristo, dejemos que entre en nuestras vidas. Arrepentidos, hagamos una buena confesión de nuestros pecados para alcanzar el perdón. Y vivamos la alegría de ser cristianos, renovando la esperanza de llegar a la plenitud, a la santidad.

Feliz Pascua florida a todos.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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