No podéis servir a Dios y al dinero

Resulta incisiva esta sentencia del evangelio del domingo XXV del tiempo ordinario: “No podéis servir a Dios y al dinero”, porque  el dinero nos hace tilín a todos, y si nos dejamos llevar, la avaricia se apodera de nosotros, pudiendo dar al traste con otros grandes valores de nuestra vida. Que esta Palabra interpele hoy nuestra vida y nos haga revisar cuál es nuestra actitud ante el dinero.

El evangelio de Jesucristo no es enemigo del dinero ni de los bienes materiales. Necesitamos de ellos para vivir. El evangelio, en este y en otros pasajes, nos advierte que el dinero es un peligro. Casi sin darnos cuenta, tenemos lo nuestro y lo ajeno, porque lo que recibimos legítimamente es también para compartirlo; y si no lo compartimos lo retenemos. Queremos tener más porque nos parece que vamos a ser más felices, y, si no controlamos el gasto, se nos va el dinero.

Sólo una razón superior puede hacernos desprendidos del dinero. El evangelio nos invita constantemente a la pobreza voluntaria, mirando a Cristo. Es la pobreza que asumida con amor nos hace libres, nos va despojando más y más, nos va haciendo parecidos a Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (cf. 2Co 8,9).

Es lo que han vivido los santos. Cuando han descubierto la riqueza del amor de Dios, todo lo demás palidece para ellos, e incluso estorba para identificarse más con Jesucristo y compartir la vida de los más pobres, que salen a nuestro encuentro como una presencia permanente de Cristo entre nosotros. “Los pobres, en realidad, antes que ser objeto de nuestra limosna, son sujetos que nos ayudan a liberarnos de las ataduras de la inquietud y la superficialidad”, nos recuerda el Papa en su mensaje este año para la VI Jornada de los Pobres.

Ahí tenemos el ejemplo de santa Teresa de Calcuta, cuyo testimonio deslumbra en nuestros días por su sencillez y radicalidad. Un corazón pobre como el suyo es un corazón humilde, generoso, entregado plenamente a los demás. También ella necesitaba los bienes de este mundo para atender a sus pobres, pero nunca aceptó el dinero de las administraciones públicas para no enturbiar su caridad. Quería que sus hijas vivieran pobres como los pobres y que el dinero que les llegara fuera fruto de la caridad.

Ahí tenemos el testimonio de san Francisco de Asís, que se desposó con la hermana pobreza y ha supuesto para la humanidad una estela de luz y de vida que pervive por los siglos. Él es un referente en la reforma de la Iglesia.

Hace pocos días visitábamos los curas más jóvenes de Córdoba con el obispo la parroquia de san Andrés en Lyon, donde el beato Antonio Chevrier se encontró con Jesucristo en los pobres que le rodeaban y cambió su vida, haciéndose pobre con los pobres, al contemplar el misterio de la encarnación; misterio de despojamiento y humillación del Hijo de Dios hecho hombre.

Si servimos al dinero, no servimos a Dios. No podemos servir a Dios y al dinero, y menos aun cuando los bienes de este mundo están en manos de muy pocos, entre los cuales estamos nosotros, y los pobres son cada vez más pobres. El afán de dinero, acariciar la cuenta corriente, instalarnos en una situación de confort nos aleja de Dios, nos embota el alma; y nos aleja de los pobres y necesitados. Por eso, el Hijo de Dios al entrar en este mundo vivió en extrema pobreza, confiado en la Providencia de su Padre Dios, para alertar nuestra conciencia, que fácilmente se va tras el dinero y los bienes de este mundo.

La pobreza voluntaria, la que libera de todo lastre, nos acerca a los más pobres y nos acerca a Dios.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba.

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